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Experiencias universitarias contadas por universitarios.

Hechos, no palabras – el gran paso de Cecilia Grierson

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Cuando vine a la Argentina sabía poco sobre su historia, desarrollo o situación social. Ya después de poco tiempo me enamoré de este país y busqué maneras de volver para acá. Pasantías, intercambios y al final una carrera binacional. Me recibí acá y empecé a trabajar. En todo este tiempo aprendí cada vez más sobre el país. Aprendí lo que significa vivir acá, lo que significa ser mujer acá. En Alemania casi nunca me decían nada. Y aunque admito que al principio me gustaban los cumplidos que recibía, ya después de poco tiempo se volvieron muy molestos. En un boliche me sacaron fotos a escondidas, me tocaron el pelo sin pedirme permiso, hombres que no conocía trataron de besarme, me gritaron cosas feas en la calle, me ofrecieron dinero a cambio de sexo mientras se burlaban del “ni una menos”. Pero nada de esto me pasó en la facultad. Nada de esto me pasó mientras estudiaba.

Que no me haya pasado a mí, no significa que no le esté pasando a otras. De hecho tengo varias amigas y conocidas a las que les dijeron cosas feas. A las que maltrataron por ser mujer. A las que fueron discriminadas, aprovechadas y denigradas por ser mujer. Estoy convencida de que es importante hablar de estos temas. Antes se callaba. Se escondían los hechos. Se decía que no era nada, que no significaba nada y que simplemente te lo tenías que bancar. Pero ese ya no es el caso. Y está BIEN que ese ya no sea el caso. Tenemos que gritar cuando vemos, cuando vivimos injusticia. Tenemos que seguir, no tenemos que callarnos, mirar para abajo y esperar porque “ya pasará el momento”.

Quiero contarles a los que no conocen esta historia, la vida de Cecilia Grierson. Como los estudiantes nos tuteamos, la voy a llamar por su nombre. Cecilia fue la primera mujer que se recibió de médica en Argentina, en la Universidad de Buenos Aires. El 2 de julio de 1889. La UBA fue fundada el 12 de agosto en 1821. Sí. 68 años antes. ¿Saben cuánto son 68 años? Hace 68 años se presentó el nuevo himno nacional alemán. Se creó por primera vez energía eléctrica con energía nuclear. Un argentino, Juan Manuel Fangio, ganó la fórmula uno. Nació Ricardo Alfonsín. ¡Nació Charly García! – paro porque me distraigo (lean el listado en Wikipedia, muy interesante).

Entonces, durante los primeros 68 años luego de la fundación de la UBA no se recibió ninguna mujer de médica. ¿Por qué? ¿Porque no les interesaba? ¿Porque eran tontas? ¿Porque no servían? ¡NO! ¡Porque no las dejaban!

En 1885 se recibe la primera mujer, de la carrera de Farmacia, Élida Passo. Ella después quiso estudiar el doctorado de Medicina, pero al principio no la dejaron, y cuando al final la admitieron, falleció de tuberculosis antes de recibirse.

Pero volvamos a la historia de Cecilia Grierson. Nacida en 1859 de familia humilde: inmigrantes escoceses que vivían en el campo. Ya de adolescente, a los 14 años, fue maestra de colegio en Entre Ríos para poder ayudarle a su familia económicamente. Sin tener título. Así eran esos tiempos. Tuvo suerte y pudo hacer una formación en Buenos Aires para ser una maestra con título. Sarmiento, quien era el director de escuelas en ese tiempo, la contrató para ser maestra en la Escuela Mixta de San Cristóbal. Contaba ella que, como maestra, para que te tomen en serio, tenías que vestirte acorde.

“En aquel entonces se juzgaba la edad, y quizá el conocimiento, por el largo de la pollera”.

Cecilia Grierson

Tuvo una amiga que tenía una enfermedad grave respiratoria y decidió dedicarse a la medicina para ayudarla. No era fácil. Había habido una sola estudiante de Medicina en la UBA, la antes nombrada Élida Passo, quien murió antes de poder terminar sus estudios. No había reglamento que prohibía el ingreso de mujeres a la carrera. Pero el director tenía prejuicios. Los profesores tenían prejuicios. Los estudiantes tenían prejuicios. Y un problema todavía más grave: había que tener el título de latín, que solo se dictaba en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en el que solo se admitían varones. Pero Cecilia no bajó los brazos. Insistió e insistió. Fue hasta el nivel más alto de la burocracia y logró que la aceptaran. Durante su carrera fue víctima de varios casos, disfrazados de bromas, que hoy se llamarían desde mobbing hasta acoso sexual. Pero siguió y se recibió. Durante sus estudios vivió el lema “Res, non verba” – “Hechos, no palabras”, el cual anotaba en todos sus libros.

Lamentablemente no pudo salvar a su amiga, pero durante sus estudios ya trabajaba para pelear contra la epidemia de cólera y después de recibirse, fundó la Escuela de Enfermería. Participó en un concurso por el profesorado de la cátedra de Obstetricia, pero se lo negaron. De hecho, el puesto quedó vacante. Años después ella afirmó: “Fue únicamente a causa de mi condición de mujer –según refieren oyentes y uno de los miembros de la mesa examinadora- que el jurado dio, en este concurso de competencia por examen, un extraño y único fallo: no conceder la cátedra ni a mí, ni a mi competidor”. Recién tres décadas después dejaron que una mujer tomase el puesto.

Cecilia siguió con su vida, volviéndose una de las mujeres más grandes de este país. Abrió el camino para más mujeres en la UBA y consecutivamente en otras universidades. ¿Y hoy? ¿Cuál es su patrimonio? ¿Cambió algo? ¡Por supuesto que sí! Ya no le niegan a ninguna mujer la admisión a una carrera por su sexo femenino. Lo único que vale es la habilidad y la dedicación.

En el año 2010, 6 de cada 10 estudiantes en las universidades de Argentina eran mujeres. Cada año se reciben más mujeres que hombres. 33,6% de ellas se reciben antes de cumplir los 25 años. En el caso de los varones, son “solo” un 25,8%.

Aún tenemos que hacer un camino largo. Hay pocas profesoras. Pocas directoras en nuestras universidades. Somos pocas las que podemos decidir sobre cómo se maneja la universidad. Todavía hay demasiados profesores que se aprovechan de su poder y piden “ciertos servicios” a cambio de buenas notas. En Ingeniería e Informática, y algunas otras carreras, todavía somos la minoría, pero ya estamos creciendo en esas áreas también. No nos vamos a callar. No nos vamos a quedar contentas con lo que tenemos. No vamos a parar.

Cecilia mostró que los hechos son los que quedan en la historia. Nosotras le seguimos el ejemplo. Tenemos ganas de estudiar. Tenemos la capacidad de estudiar. Somos inteligentes, poderosas, dedicadas. Nosotras somos las estudiantes de este mundo. Y nuestra tarea es volverlo un mundo mejor.

Fuentes:

Autor: Julia Wobken

Alemana viviendo en Argentina. Bachelor en Turismo y Gestión de Eventos, Máster Binacional en Negocios Internacionales. Amo leer y escribir historias y cuentos. Guionista en Ser Universitario.


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