#SerUniversitario

Experiencias universitarias contadas por universitarios.

El miedo al primer trabajo

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He tenido muchos trabajos, muchos horarios, muchos jefes, muchos compañeros. Y en cada ocasión supe adaptarme. Aprendí, de a poco, preguntando, equivocándome. Pero estos trabajos fueron siempre trabajos informales, que nada tenían que ver con lo que yo quiero ser (escritora).

He trabajado como recepcionista, como niñera, como profesora de inglés y muchísimas veces como moza. Nunca tuve miedo de acercarme a dejar mi curriculum en cualquiera de los lugares en los que trabajé. Nunca tuve miedo de ir a buscar trabajo. Hasta que fui a buscar trabajo de lo mío. Continuar leyendo →

Lo que aprendí en mi primer cuatrimestre

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Luego de cursar el primer cuatrimestre de mi vida como universitaria y analizar un poco cómo fue todo, me gustaría compartir algunos consejos:

1) No apeles a la memoria, usá agenda: sea de papel o digital (yo uso el calendario de Gmail y lo sincronizo con el celular). Aunque tengas una buena memoria, una ayudita no viene mal, te permite organizarte mejor. En la universidad hay materias cuatrimestrales, anuales, parciales, finales, entregas de trabajos prácticos, presentaciones orales, tarea, etc. Al tener las fechas anotadas te ahorrarás olvidos y confusiones del tipo “¡Jodeme que hoy había que entregar el TP de Economía! ¡Pensé que era la semana que viene!”. Incluso, podrás organizarte mejor para preparar los exámenes.

2) No te anotes a tantas materias: Ok, estás entusiasmado por empezar la universidad y te querés anotar a la mayor cantidad de materias posible. ¡Don’t do that! Si no trabajás podrías llegar a tener el tiempo para dedicarle a 5 materias. Pero si sos de los míos, que trabajás y estudiás, te conviene bajar un poco el entusiasmo y ser realista: ¿voy a tener ganas de trabajar 6 u 8 hs y cursar todos los días?

No pienses solo en la cursada, tené en cuenta que además de las horas de cursada que implica cada materia, tenés que estudiar, hacer trabajos prácticos, tareas, etc. y eso multiplicado por 5 materias. ¡Una locura! Durante este cuatrimestre estoy de licencia laboral por un tema de salud y cursando 3 materias (para el segundo cuatrimestre tal vez me anote a 4, pero depende de las que me habiliten en la universidad y qué tan heavy sean). Continuar leyendo →

El trampolín al éxito

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4 años. 4 años de cursar, de estudiar, de rendir, de sufrir, aprobar, desaprobar… Si empiezo a contar todas las cosas que nos pasan dentro de una universidad en 4 años, no termino más. Es entendible que en ese lapso de tiempo, mientras nos acercamos al título tan deseado, nos pase que “nos empezamos a quedar sin nafta”.

No puedo negar que, justamente hace 4 años, arrancaba como lo hace cualquier ingresante que se toma en serio su carrera: con entusiasmo, con convicción, con ganas. Pero sobretodo con una duda en particular, una duda quizá más fuerte que todo aquello que me daba energía para “comerme el mundo”: ¿me dará el bocho para terminar esta carrera? Creo que independientemente de la carrera, no debo ser el único que haya tenido esa gigantesca duda existencial.

Fueron pasando los cuatrimestres, las materias; primero 3, 7, 10, 15 y acá estoy ahora luego de cursar 20 materias. ¿Fin de la historia? No. Quien lleve mucho tiempo cursando me entenderá, y a quien recién arranca, le recomiendo que lea con mucha atención. Continuar leyendo →

Gente rara como yo

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Después  de dos carreras fallidas finalmente estoy a punto de terminar el primer cuatrimestre de una carrera que sí me gusta. Mi familia y amigos no paran de preguntarme si me gustan las materias y cómo me siento, temerosos de que otra vez salga corriendo y deje todo. Pero esta vez sé que eso no va a suceder. En primer lugar porque me encantan todas las materias (algunas más que otras, pero en sí disfruto de todas). En segundo lugar porque por más que tenga que levantarme a las cinco y media de la mañana, cada día voy con ganas. Y eso no es solo por las materias sino también por la gente con la que me toca cursar.

Como en toda carrera, la cantidad de alumnos ha disminuido desde el primer día. Muchos han dejado porque no es lo que les gusta o porque les cambiaron los horarios de trabajo. Algunos se han despedido, otros han desaparecido en silencio sin ninguna excusa. Pero otros tantos han quedado y esa gente es la que logra que cada mañana me levante con ganas de ir a cursar, porque toda esa gente es tan rara como yo. Continuar leyendo →

Por qué llegué hasta acá

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Mientras recién terminaba mi primer año en Relaciones Laborales, veía cómo algunos de mis compañeros de secundaria se estaban recibiendo. Y no puedo decir que “me costó encontrar mi vocación” o “nunca supe qué era lo que me gustaba”.  A los 18 empecé a estudiar para ser Profesora de Biología, convencida de que la educación es la base de toda la sociedad. El aula es para mí el mejor lugar para sentir todos los días que puedo cambiar el mundo. Pero, como suele suceder, el mundo del trabajo y el estudio no se llevaron bien, y no conseguí ningún trabajo que me permitiera continuar estudiando, teniendo en cuenta que debía realizar observaciones y prácticas. Mucho entenderán de esto quienes estudian Medicina, Enfermería, Kinesiología, etc…

Paseé por otras carreras buscando finalmente dar clases de lo que sea que me este recibiendo, hasta que llegué a Relaciones Laborales. Recuerdo el día de la elección casi como si fuera hoy: fue en el verano del 2015 cuando entré a la página de la universidad y busqué en el Departamento de Ciencias Sociales cualquier carrera que “no tenga nada de matemáticas” (sí, hoy esa frase también es el chiste de todos los profesores). Y así inicié mi último cambio de carrera. Fue una confesión, una promesa conmigo misma: en verdad tenía que ser mi último cambio de carrera.

El primer día de clases me repetí mentalmente “otra vez empezás de cero”, como un mantra. Creo que el recuerdo es tan fiel porque, con algunas modificaciones, hoy también lo repito. Continuar leyendo →

El momento en que perdí todas las certezas

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Cuando cursaba el último año del colegio sabía dos cosas: que quería ser escritora y que no había ninguna carrera que me iba a otorgar ese título. Así que con mis inocentes diecisiete años anuncié en mi casa que me quería ir durante un año de viaje. Cuando volviera vería qué hacía con mi vida. Mientras tanto me dedicaría a saltar de país en país y a narrar mis aventuras. Estaba segura de que en ese año se me presentaría una oportunidad que me salvaría y no tendría que volver a mi casa a estudiar.

Pero por supuesto, nada de eso sucedió. Mis papás me dijeron que estudiara y que después ya tendría tiempo para viajar, que sin título no iba a conseguir ningún trabajo, que podía estudiar cualquier cosa y seguir escribiendo en mi tiempo libre.

Les hice caso. No sé si fue la decisión correcta pero fue la que tomé. Me anoté en Historia en la UNLU. En la UNLU porque me quedaba cerca e Historia porque mi papá me dijo “y a vos que te gusta leer ¿por qué no estudias historia?”.

Medio cuatrimestre me alcanzó para darme cuenta de que mi pasión por la lectura no era suficiente como para una carrera tan grande como Historia. Fue un proceso gradual. Empecé por irme de las clases antes de que terminaran y después directamente empecé a faltar hasta que un día se lo dije a mis papás y no fui más.

En ese momento fue cuando perdí todas mis certezas. Yo creía que eligiera la carrera que eligiera la terminaría, que era como la escuela. Ibas, estudiabas, te reías con tus amigos, pasabas de año y cuando te dabas cuenta ya te estabas graduando. Me creía capaz de hacer cualquier carrera y al mismo tiempo seguir escribiendo. Pero me di cuenta demasiado rápido de que no es así, las cosas son un poco más complicadas. Continuar leyendo →

Mi oportunidad de comenzar de nuevo

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Cuando iba a la secundaria, en cuarto año, tuve Psicología como materia y desde ese año supe qué era lo que de verdad me gustaba, lo que amaba y lo que iba a estudiar en algún momento. Ya sea en dos años, o quizá en tres, pero en algún momento de mi vida.

Pasó el tiempo, estaba finalizando sexto año con la cabeza invadida de pensamientos y preguntas como “Termino la secundaria en unos días… ¿Qué voy a hacer de mi vida?”. Por un lado quería cerrar un ciclo, porque de eso se trata, de estar siempre dispuesto para lo que va a venir; pero por el otro, me negaba a terminar esa etapa, no sé si era miedo a salir de mi zona de confort o a “cambiar de plano”. Pero si sé que era miedo, miedo acompañado por ansiedad, nervios y a la vez felicidad.

De tanta caravana y poco estudio, me llevé seis materias el último año del secundario. Sí señores, SEIS. Todos los años anteriores me prometía a mí misma no llevarme ninguna, pero me pasaba lo mismo que nos pasa a la mayoría cuando decimos, todos los fines de semana, “no más escabio” (ustedes me entenderán). ¿Cómo carajo iba a hacer para rendir seis materias antes de empezar la facultad? Tomé la decisión de dejar el año 2016 para focalizarme en terminar oficialmente el secundario, y así fue: rendí las materias de a poquito, sin presión alguna y con el apoyo de mi familia. Fue un bajón, porque rendía una, dos, tres y me seguían quedando, pero como todo, es cuestión de paciencia. Llegó diciembre y rendí Matemática, la última materia que me quedaba. Fue el mejor examen que tuve, no les miento, eran de esos que estudiás tanto que te emocionás de que te salga todo (y en mi caso, por saber que iba a ser el último examen que hacía en esa mesita y en ese colegio). Cuando se lo llevé a la profesora para que lo corrija, me dijo que estaba perfecto todo y que podía irme feliz de haber aprobado. Me sentía muy bien. En ese momento supe que podía arrancar con una nueva etapa y que me esperaba lo mejor: la universidad.

Le agradecí a mis profesores particulares que, además de haberme preparado para las materias, gracias a ellos pude salir de esa zona de confort, que nos hace querer estudiar solo por una nota y no por aprender; y nos incita a pensar que sabiendo lo justo y lo necesario “zafamos”. Continuar leyendo →

El miedo a crecer

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Cuando me acuerdo de mi niñez, lo hago con una sonrisa en la cara. Más allá de los percances familiares (que todos tenemos), esa época donde no tenía que preocuparme por nada era un lujo.

Tomé mi primera decisión independiente a los 15 años, y poco a poco las cosas empezaron a cambiar.

Aunque ya tenía definido que quería hacer algo relacionado con la comunicación, los últimos años de la secundaria fueron un tormento: en qué ciudad iba a estudiar, qué carrera específica, y en qué universidad.

El último año corrió como ningún otro. Y empecé a prepararme para lo que venía: decirle adiós a mis amigos, a mi tranquila ciudad de 50.000 habitantes para ir a la alocada Buenos Aires, ciudad que los medios se encargan de destacarla siempre por la inseguridad, el ruido y la muchedumbre. Continuar leyendo →

Llená el silencio

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Uno de los recuerdos más vivaces que tengo de mi adolescencia fue cuando, a mis quince años, me diagnosticaron depresión y, meses después, trastorno de ansiedad generalizada. Paradójicamente, en mis diagnósticos encontré un poco de felicidad: los diagnósticos traen categorizaciones e identificaciones, y en ambas uno encuentra no sólo un poco de compañía sino también la esperanza de que, de alguna forma, las cosas pueden llegar a mejorar.

Creo yo que la más cruda realidad de un diagnóstico psicológico es que, en la mayoría de los casos, estos son más tratables que curables. Con esto quiero decir que uno nunca se libra (recalco, en mi opinión), o al menos no del todo, de los procesos psíquicos internos que llevan a uno a manifestar determinadas condiciones; la función del psicólogo no es, entonces, un mero acompañamiento sino también brindarle al paciente las herramientas necesarias para lidiar con su condición de la mejor manera posible.

En ese momento, utilizar esas herramientas fue más fácil. ¿Hoy, en la universidad? Las cosas cambiaron un montón. Muchas cosas se redefinen en el momento en que uno pasa desde adolescente a estudiante universitario, hay que hacer varios reajustes y sacrificios, y no siempre es tan fácil compaginar las obligaciones de la facultad con la propia salud mental. Entonces… ¿qué hacés? ¿qué hacés cuando se te agotaron los recursos y, sin importar lo que hagas, las cosas no te dan resultado? Continuar leyendo →

10 consejos para universitarios con ansiedad o depresión

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No es algo de lo que nos guste hablar en público, pero, así como algunos sufren de problemas de salud crónicos que les dificultan las cosas en el ámbito académico, otros (como yo) sufrimos de enfermedades mentales. Para que sepan un poco mejor desde dónde estoy hablando, voy a aclarar mis condiciones: sufro de una mezcla casi 50-50 de ansiedad social, ansiedad generalizada y a eso agregale algunos rasgos de TOC (soy una persona extrovertida que sufre de ansiedad social. Suena paradójico pero pasa. Y sí, es súper frustrante, necesito hablar con gente para energizarme pero también me da miedo la gente).

Yo veo la ansiedad y la depresión como un continuum, o dos caras de la misma moneda (bueno, nada que ver un continuum con las dos caras de una moneda, pero ustedes síganme el juego) – o sea, es muy fácil que pases de estar ansioso a estar deprimido. Por lo menos es fácil para mí. Me pasó ya en varias ocasiones en las que, por unos meses, intercambié mi ansiedad por el horrible dementor que es la depresión.

(Esto sería como algo aparte, pero si por casualidad sos el jefe del trabajo de mis sueños y estás leyendo esto, primero, gracias por tomarte el trabajo de googlearme, me siento halagada, y, segundo, no dejes que estos detalles de mi salud mental afecten mis chances de conseguir el trabajo. Soy responsable, puntual, trabajadora y cumplidora. Tengo testigos. Fin del aparte).

No estudio psicología ni soy ningún tipo de especialista, pero tengo un total de seis años de terapia hechos sin contar lo que hice antes de la adolescencia, y actualmente estoy medicada para tratar mis enfermedades mentales. Estoy en el limbo entre cuarto y quinto año de la Licenciatura en Lengua y Literatura Inglesas, así que puede decirse que me gané la etiqueta de “estudiante avanzada”, y he llegado aquí con todas las complicaciones que conlleva sufrir de ansiedad. Solo me animo a hablar para las enfermedades mentales con las que tengo experiencia, pero tal vez estos consejos se puedan aplicar a más que sólo ansiedad y depresión.

Sin más preámbulos, mis consejos.

#1 Andá a terapia

Si vas a sacar una sola cosa de este artículo, que sea esta: Andá a terapia. Andá a terapia. Andá a terapia.

Un psicólogo o psiquiatra NO va a “arreglarte”, no va a solucionar tu problema para siempre ni te va a convertir en una “persona normal”. te va a dar las herramientas para que puedas lidiar con tu enfermedad mental de forma independiente y puedas llevar la vida que vos quieres llevar a pesar de los obstáculos que tu propia cabecita te ponga al frente.

Por lo general, las universidades tienen programas de psicología y psicopedagogía abiertos para cualquier estudiante que los necesite, y ellos van a saber a quién derivarte, así que es un buen lugar para empezar. Pero por favor, no dejes de pedir ayuda. Ir a terapia no te hace más débil o más dependiente, todo lo contrario.

No voy a tocar mucho el tema de la medicación y los psicofármacos porque es controversial y hay gente que dice que no está bueno depender de antidepresivos para funcionar en la vida, pero *coff* *coff* *coff* no veo a esa misma gente cuestionando la “dependencia” a drogas como anticonceptivos o levotiroxinas, pese a que tienen la misma cantidad de efectos adversos que un antidepresivo *coff* *coff* *coff* ay chicos disculpen estos ataques de tos que tengo, son terribles. Continuar leyendo →