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Experiencias universitarias contadas por universitarios.

La universidad ha muerto

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El otro día me puse a reflexionar sobre algo que me viene sucediendo desde hace varios años; diría que desde que empecé la universidad, o tal vez desde el último año de la secundaria: me saco muchos sietes. No importa si la materia es Matemática, Análisis, Proyectual, Dibujo, o cualquier otra, probablemente habrá un siete ahí.

¿Qué significa eso? ¿Que no soy lo suficientemente bueno como para ser un ocho, ni tan malo como para ser un seis?

Si tomamos en cuenta la (estúpida y no-sensual) regla de “se aprueba con 4, pero tenés que tener el 60% bien del examen”, entonces si me saco un 7, ¿hice el 105% (?) bien? Bueno, parece que la regla de tres simple no aplica en este caso.

Sacarme sietes también me hizo reflexionar acerca de si realmente todo este tiempo estudié lo que realmente me interesaba o simplemente “perdí el tiempo” en materias que no me motivaban. O si en realidad la universidad no es para mí, y debería buscar otras opciones para desarrollarme intelectualmente. O tal vez se debe a que los cronogramas de los temas están pensados para seres extraterrestres sin vida social que aprenden a la velocidad de la luz, y por eso el ritmo que se debe seguir (que alguien dijo que se debe seguir) está completamente desfasado con la realidad. Y se pretende que un jóven estudie (y si aprende que sea de rebote) muchos temas en tan poco tiempo.

Esto me hizo pensar acerca de la estructura general que se utiliza en (casi) todas las universidades: años que se dividen en cuatrimestres, y materias que se las hace encajar a la fuerza en esos cuatrimestres.

Esta estructura nació hace mucho tiempo y se instauró tanto en nuestra sociedad que ni nos ponemos a pensar en ello, simplemente lo aceptamos. Lo veo comparable al horario laboral en cualquier trabajo típico: ocho horas, de lunes a viernes y a veces sábados hasta el mediodía.

Pero, ¿la jornada laboral fue siempre de ocho horas? No, fue disminuyendo con el tiempo por la presión de los pueblos. Por otro lado, la tecnología y la ciencia ayudaron a que muchas empresas (las más innovadoras) comenzaran a experimentar dando libertades a sus empleados, al punto que hoy en día existen puestos de trabajo con horarios completamente flexibles, y oficinas con toboganes en vez de escaleras.

¿Por qué hicieron esto? ¿Porque son buena gente? No, por plata. Y tal vez sean buena gente, obvio, pero se dieron cuenta de que cambiando el foco, obtenían mejores resultados, más ganancia y empleados más felices. Se pasó de un enfoque estrictamente basado en el tiempo y en las tareas que se debían realizar, a uno más humano. En criollo, se dieron cuenta de que los empleados eran seres humanos con sentimientos y que, mimándolos, dándoles libertades y sobre todo haciéndolos sentir parte de algo más grande que ellos (“el todo es más que la suma de sus partes”), trabajaban mejor, eran más felices y por lo tanto, había menos chances de que renunciaran y se buscaran otro trabajo.

Entonces, ¿por qué la universidad nos sigue tratando como robots?, ¿por qué pretenden que aprendas cualquier materia, de cualquier carrera, en un cuatrimestre (o en dos en el caso de las materias “anuales”)? ¿Acaso aprender “Diseño Gráfico I” lleva el mismo tiempo que aprender “Anatomía”? ¿Acaso los contenidos de “Historia Económica y Social Argentina” y los de “Algoritmos y estructuras de datos III” se pueden aprender en el mismo lapso de tiempo?

Y ojo, que en estas preguntas hay un error: hay que tener en cuenta que los planes de estudio están estructurados de tal forma que los estudiantes deberían cursar aproximadamente de 3 a 6 materias en simultáneo, para poder recibirse en el tiempo estipulado; entonces, la cuestión es más grave aún: ¿acaso aprender las X materias de una carrera llevan el mismo tiempo que aprender las X materias de otra carrera?

Encima, estos planes no discriminan, SON IGUALES PARA TODOS. No se tiene en cuenta la mal llamada “parte humana” que todos tenemos. Y digo mal llamada, porque nuestra parte humana es el 100% de nosotros, SOMOS humanos, sentimos, pensamos, tenemos habilidades y debilidades, capacidades y discapacidades. A la universidad no le interesa si no podés prestar atención por más de una hora, la clase va a durar 2, 3, 4 o más horas, y si vos no aguantás toda la clase, te jodés vos, es tu culpa. No se tiene en cuenta si trabajás, si sos disléxico, si te dejó tu novia o se murió tu perro. Tampoco se aprecia si sos el mejor orador de la clase, si tenés una habilidad innata por la música o la escritura, o cualquier otra cosa. Además, en casi todas las materias que cursé, los profesores no llegan a dar todos los temas del plan y se lamentan. Esta sensación de lamento y frustración también la sienten los estudiantes al no poder cursar todas las materias que el plan de estudios dice que tenés que cursar, y sienten que se “atrasan” y que no van a poder terminar la carrera “a tiempo”.

Y los alumnos se frustran y dejan materias y hasta carreras. Sienten mucha culpa por dentro, y lo peor de esto es que a la universidad le chupa un huevo. Nadie se preocupa por vos. Nadie viene y te pregunta ¿por qué dejaste la materia?, ¿por qué estás faltando mucho a clases? No. ¿Por qué no? Creo que debe ser por la misma razón que los trabajadores eran explotados en las fábricas con jornadas laborales de 11-15 horas (a lo Chaplin en Tiempos modernos): eran reemplazables, perdón, se los trataba como si fueran una parte mecánica más de la máquina, que si se “rompía”, se podía reemplazar tranquilamente casi sin ningún costo.

Entiendo que la estructura actual se debe a que nadie va a querer estudiar una carrera que dure 15-20 años para tener un título y poder trabajar de eso. Entiendo que vivimos en una sociedad que necesita “títulos” para poder “ser alguien en la vida”. Entiendo que la economía o no sé quién necesita que cada 4, 5, 6 años se reciba gente “capacitada” para trabajar en ciertos puestos.

Pero también entiendo que el ser humano no aprende linealmente, es decir, no es el disco rígido de una computadora a la cual le enchufás un pendrive, copiás y pegás y pum, sabés todo.

El aprendizaje es un proceso constante que lleva su tiempo, y cada cosa que se quiere aprender requiere determinado tiempo dependiendo de cada persona. Es decir, el sistema actual estandarizado lo que provoca es un constante grupo de sentimientos negativos como la frustración, tristeza, enojo y hasta el sentirse menos por no aprobar un examen, cuando en realidad debería motivar y hacer feliz a las personas.

Y no hablo de ser feliz por aprobar un examen, esa es una felicidad que te dura unos días y te olvidás, porque ya tenés que empezar a estudiar para otro. Hablo de una felicidad que es muy difícil de explicar, pero que se produce dentro de uno cuando hacés algo de lo que estás verdaderamente orgulloso, algo que sentís como propio y que sabés internamente que tal vez nadie en el mundo lo podría haber hecho igual que vos en ese preciso instante. Algo así como lo que sentís en un primer beso.

Es necesario cambiar el foco. El conocimiento se duplica cada vez más rápido, por lo tanto hay más contenido que aprender. Y el tema en realidad no es la cantidad de contenido, sino el hecho de que el contenido cambia. Y las costumbres cambian, la sociedad cambia. Entonces, ¿por qué la universidad sigue igual?

De hecho, de lo único que estamos seguros acerca del futuro es que va a haber cambios que ni siquiera podemos imaginar. Trabajos que ni siquiera hoy existen y ni sabemos qué habilidades van a requerir. Necesitamos universidades dinámicas. Universidades que cambien y se adapten a medida que pasa el tiempo. Necesitamos que las universidades ya no formen robots trabajadores “capacitados” que saben hacer tal o cuál cosa. En cambio, veo a la universidad como una transformadora de seres humanos en seres excepcionales, sacando lo mejor de cada individuo para crear una sinergia espectacular, dando como resultado infinitas creaciones más allá de un plan de estudios.

Y digo creaciones, porque creando es como uno más aprende. Vos podés leerte 1, 2, 50 libros, pero si no hacés algo con eso que leíste, no aprendés casi nada. Y tal vez tengas la sensación de que aprendiste, luego de ver que aprobaste un examen, pero con el tiempo esa sensación desaparece (aunque la nota del examen siga ahí). Y entiendo que las notas de los exámenes fueron creadas como un sistema cómodo para poder medir de alguna forma tu desempeño y cuánto sabés de algo.

¡Qué cosa tan complicada de medir!

En una materia del CBC, me tocó un profesor que nos ponía 7 en casi todos los trabajos prácticos. A veces variaba y te tocaba un 6 o un 8, pero ya todo el curso sabía que lo más probable era sacarse un 7. ¿Qué generaba esto? Una actitud en los alumnos que hacía bajar el rendimiento “total, nos vamos a sacar un siete”.

¿Realmente tienen sentido las notas? ¿O sólo nos distraen, a los alumnos y profesores, del verdadero objetivo que es aprender y no “aprobar”?

Llegué a la conclusión de que sacarme un siete significa que: tengo la habilidad para estudiar/hacer la mayoría de las cosas que se me piden, algunas de memoria, sea cual sea la materia, me interese realmente o no y pudiendo llegar al día del parcial o entrega, con el valor suficiente para enfrentar la incertidumbre de no saber cómo va a ser el examen.

También me di cuenta de que la universidad, tal como la conocemos hoy en día, ha muerto. Pero es un zombie, que busca un cerebro nuevo, una cura, algo que la vuelva a hacer humana.

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Autor: Nicolás Scherzer

Fundador de #SerUniversitario y tecno-amante. Le atajé un mano a mano al cáncer. Rebotando entre Sistemas de Información y Diseño Gráfico en la UBA. ¡Hincha del Rojo! También tengo Twitter: @nscherzer


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