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Experiencias universitarias contadas por universitarios.

El elefante en la sala

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La primera clase de matemática en Puan no me la olvido más: de unos 30 alumnos había cinco personas “grandes”, pongámosle de más de 35 años. Éramos cuatro mujeres y un señor; todos sentaditos en la primera fila. A la tercera clase ya éramos solo dos, y sobre el final ya quedaba yo sola. Fiel reflejo de lo que sería este nuevo pasaje mío por la facultad.

Aquel arranque me dio rápidamente un panorama de cómo venía la mano: volver a las aulas a los 38 años, con otra carrera ya desarrollada y un hijo en el jardín de infantes, sería una apuesta que podría o no funcionar.

Durante años mi frase de cabecera fue “si algún día me recibo”. Nadie tiene el título garantizado, pero cuando la facultad no es lo central en tu vida, cuando tenés un montón de prioridades superpuestas, el futuro académico es un lugar incierto.

Por el camino fueron quedando otras “alumnas añosas” como yo, cada una con su historia y sus complicaciones. Cada vez que arrancaba una cursada yo cogoteaba para ver si había en el aula alguien de mi propia especie; la mayoría de las veces me encontraba en soledad. Levantaba la mano para hacer una pregunta y me sentía el elefante en la sala: qué hace ese espécimen extraño en esta comunidad de gente joven y fresca, recién salida del secundario, que en muchos casos aún vive con los padres. Yo ERA esos padres, o bien podría haberlo sido si hubiera tenido a mi hijo de más joven.

Tuve que aprender a aparearme con ejemplares de otro universo: para estudiar, hacer TPs, averiguar cuándo y dónde firmaba la libreta el de Bioestadística. Resultó el viaje más alucinante de mi vida: más allá del objeto de estudio, de la idea de convertirme en licenciada, de la lucha contra la burocracia de la UBA, hoy, a punto de recibirme, puedo decir que lo más intenso que me llevo de este paso por la facultad no es nada de eso, sino la convivencia diaria, el trabajo conjunto y la comunicación multidimensional que me vi obligada a aprender a sostener durante años con chicos que estaban naciendo cuando yo me casé por primera vez.

Por supuesto que no fui a una sola Nutriconga, que no tuve mucho tiempo para colaborar con el centro de estudiantes, que mi vida social siguió pasando por otro lugar. Que todavía me pregunto cómo voy a aguantar la fiesta de egresados que seguramente será hasta la madrugada y que imaginarme toda embadurnada de huevos y harina en el recibódromo frente a la Facultad de Medicina se me aparece por las noches como una estampa del horror. Y sin embargo, hubo miles de momentos en que se borraron (casi) todas las diferencias y simplemente me sentí una más.

Estudiar de grande es una decisión compleja, un esfuerzo gigantesco y una apuesta de pronóstico nublado con chaparrones. Pero en la cuenta final, es todo ganancia. Hagas la carrera completa, un par de años o tres clases de matemática: en esas aulas hay algo que está vivo, que pone a prueba a tus neuronas y que vale la pena, a cualquier edad.

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Autor: Gabriela Sala Rigler

Locutora nacional por título, periodista de oficio, editora de medios digitales porque el destino me obligó a dar el salto al lugar justo en el momento preciso. Estudiante de 5° año de Nutrición en la UBA, ya casi estamos. Esposa, mamá, voleibolista. A los 46 añitos te leo el whatsapp sin anteojos. Twitter: @gsalarigler


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