#SerUniversitario

Experiencias universitarias contadas por universitarios.

¡Que no aplaquen tu espíritu de revolución!

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En una clase de la cátedra de Derecho Procesal Penal, el profesor citó a un profesor de Derecho Privado Universitario de Harvard que en una de sus obras decía que “dar derecho en la universidad es en cierta medida hacer política, no en el sentido partidario sino en el sentido político de hacer ver a los alumnos un cierto poder; los estudiantes entran a la universidad con un espíritu revolucionario (por ejemplo en contra de los monopolios o a favor de los trabajadores) y egresan con una formación pro-empresa”.

Tal vez saque de contexto esta frase que mi profesor nos mencionó para desarrollar su clase y hacernos pensar, pero después de 4 años de universidad nunca una frase me había ayudado tanto a explicar cómo me sentía y cómo sentía mi carrera.

La realidad es que después de estos años y de encontrarme cursando el cuarto año de Abogacía (sí, me atrasé un año) y hablando con muchas personas que las circunstancias las superan como a mí, se atrasan, se desesperan o piensan que son los únicos a los que esto se les hace cuesta arriba, encuentro esa frase capaz de definir cómo me he sentido, y cómo creo que más de un estudiante de nuestra carrera puede sentirse.

Cuando entré a la universidad me sentía capaz de cambiar el mundo, creía que estaba ahí para cambiarlo, y esto no fue algo que imaginé en mi último año de secundaria, más bien fue algo determinante de mi personalidad desde muy pequeña: querer hacerles un bien a los demás. Cuando era muy chica me regalaron una muñeca que era “maestra” y traía todas sus herramientas de colegio, entre ellas una lámina de cartón con los derechos de los niños. Al principio casi no comprendía esas normas pero entendía que algo no estaba bien. ¿Cómo podía ser que tuviera que existir algo que dijera que los niños merecían un hogar? Eso definitivamente existía porque había niños que no tenían nada de lo que ese pedacito de cartón decía. Me parecía injusto, aunque en esa época no podía definir la palabra injusto, pero algo no andaba bien.

Ya con edad suficiente comencé a creer que provocar una sonrisa en un niño llenaba más mi alma que poseer cosas o conservarlas para mí; y así con los años descubrí que cambiar algo mínimo y provocar algo bueno en las demás personas también me hacía sentir satisfecha.

Y así descubrí el derecho, pese a que cuando ingresé al primer año de la carrera no tenía idea siquiera del concepto de derecho, de norma jurídica, ni siquiera entendía qué era un Código. Y el primer año me la pase maravillada descubriendo este mundo que nos había regido siempre y del que todos permanecíamos con total indiferencia hasta que nos surgía un conflicto y corríamos a un abogado o a alguien que pudiera guiarnos en el tema. Pero me di cuenta que era más importante y deseaba que las personas pudieran conocerlo, en definitiva, eran nuestros derechos.

Luego tuve algunas crisis en los años siguientes: cuando leía, el contenido me apasionaba, incluso cuando las materias no me interesaban tanto. En el momento en que me encontraba sola con las hojas sabía que la carrera que había elegido seguía apasionándome, pero a la hora de rendir, de dar un examen oral, de exponerme o de simplemente ir a clases, la pasión se desvanecía, se volvía rutina e incluso me sentía impotente las veces que no podía gritar “¡no estoy de acuerdo!” porque no tenía los suficientes fundamentos, ni el vocabulario adecuado. Y pronto descubrí, además, que muchas veces sólo debía repetir y repetir y saber exactamente lo que me pedían e interpretar exactamente eso. Y así mis ideales de justicia, de revolución, de cambios, empezaron a caerse a pedazos; y tal vez fue porque no encontré justicia en un mundo lleno de injusticias. Y sí, tuve que tragarme el orgullo, el ego y caminar despacio, y pensar que con el título en mano tal vez haga lo que yo quiera. Pero, ¿es realmente así? No lo digo con desilusión sino reflexionando.

Este año descubrí algo aún peor, algo que fue el mayor motivo de desilusiones y decepciones a mi pasión: estábamos leyendo un fallo sobre homicidio calificado por el vínculo, no podía parar de leer, de interpretar, de llenarme de conocimiento, de razonar, de aplicar toda la teoría, de volcar lo aprendido en algo más tangible. Salí de la clase fascinada, me había encantado el fallo analizado, estaba satisfecha, y realmente quería llegar a casa y contarles a todos el drama del fallo, los recursos interpuestos, los hechos, el objeto, los sujetos, tenía un mundo jurídico en mi cabeza. Pero mi alma se apareció para hablarme, y ahí pensé “¡qué frío!”. Hasta ese momento no había pensado en la víctima como un ser humano, como una pequeña niña indefensa, sino como víctima; no pensé en sus padres como padres haciendo una terrible atrocidad, pensé en ellos como sujetos, como imputados. Pero en el momento en que vi que eso era de este mundo, que esa violencia no era escrita en un papel sino plasmada en la vida real, choqué internamente.

Me senté frente a mi computadora e investigué, busqué el lado “humano” de lo que había leído. Me brotó la bronca, la angustia, la pena de no poder evitar que esas atrocidades ocurran, donde también hubo culpables que son autoridad y quedaron impunes. Y así pasa cada día en cada parte del mundo. Mi lado más humano, ese mismo que me había llevado a elegir con tantos ideales mi profesión, también me despertó del frío.

Esa ha sido una de mis grandes contradicciones, inevitablemente casi sin notarlo, la abogacía te vuelve frío, en derecho lo llamamos ser objetivo, ser imparcial, aplicar la ley, pero la realidad es que muchas veces escondemos frente a las injusticias nuestro lado más humano.

Quiero creer que no soy la única que ha pasado por estas situaciones, que frente a sus ideales está la realidad, y a veces dentro de nosotros nos encontramos contradictorios, y muchas veces sin notarlo perdemos nuestras ideas de revolución, de cambio, de progreso; perdemos nuestro distintivo de humanidad.

No veo esto, como tantas otras veces lo vi, de forma pesimista. Muchas veces quise detenerme acá, huir, conformarme con algo más, pensé que esto no era lo mío. Pero hoy sé que sólo yo determino qué es lo mío, y sé cuando me siento ahí frente a las hojas y sola imagino los casos en los que aplicaría aquello que leo, cuando veo a las personas que necesitan ayuda, que necesitan consideración, que necesitan que las escuchen y las respeten, cuando pienso en todo ello, tengo certeza y seguridad de que esto es lo mío. Es mi pasión. Y por eso hoy, trato de tener una visión más positiva, aún idealista, pero sin duda la que me hace levantarme cada mañana y seguir adelante. Soy consciente de esto, soy consciente de cuánto puede llegar a doler no ser tan frío, hoy soy consciente de lo que causa el no ser indiferente, de que puedo tener más crisis internas. Pero como estudiante y como persona hoy elijo, decido no quedarme dormida y tener mi mente siempre abierta, siempre creativa, siempre soñadora.

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Autor: Valentina Di Césare

Tengo 21 años, soy de San Rafael, Mendoza. Estudio en la Universidad de Mendoza (Sede San Rafael), Facultad de Ciencias Jurídicas, la carrera de Abogacía y estoy en 4°año. Sí, me quedan materias de otros años aún D:'


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